miércoles, 29 de noviembre de 2017

No me hables de abundancia universal
cuando veo en tus retinas
monedas doradas.
No me convenzas
de tu terapia solidaria
si te veo crear
almas dependientes
cuando lanzas
tus anclas.
No me digas que mi mente
me engaña
si el único traidor
es aquel
que se hace imprescindible
a tus necesidades.
No me cuentes historias
del pasado,
que no te quiero cerca,
ni en presente
ni en futuro,
maestro endiosado.
Dedicado a todos los nuevos y viejos gurús de papel pinocho.

Y el gran apagón
instintivo
dió lugar a protocolos
acerca de cómo
hacer las cosas.
Se instalaron sus voces,
nada sabias,
en nuestras neuronas.
Y todo para no pensar,
no sentir,
nunca decidir.
Morir en vida.
Morir.


El dolor está ahí. Me educaron para eliminarlo, obviarlo, terminar con él porque se trata de algo negativo, superarlo y perderlo de vista. Me hicieron pensar que, si hay dolor, algo está fallando.
Y ahora me he dado cuenta de que esto, igual que otras muchas ideas, es mentira. ¿De quién? Eso es otro tema.
Me duelen las manos cuando llevo horas dando vida a los músculos de otros. Me duele la piel cuando me tatúo y los pulmones si respiro aire frío; los pies cuando camino demasiado, bien o mal. Los ojos si lloro demasiado y las mejillas cuando muero de risa.
Dolor.
Cuántas tontas mentiras nos cuentan para alejarnos de todo lo que somos por naturaleza.
Me decía a mí misma que qué mala memoria tengo, que cuando me voy de viaje soy incapaz de relatarlo en una conversación con todo lujo de detalles a mi vuelta.
Y sigo sin poder hacerlo. La diferencia es que ahora no me importa.
Mi cabecita selecciona y se queda con imágenes singulares, emociones, abrazos: momentos mágicos, que son los más sencillos y coloridos de mi vida.
Cuando yo me vaya, todo eso formará una bola de luz y calor donde la razón no tendrá cabida.
Y allí estaréis vosotros y cada llama que creamos con cada carcajada, abrazo y mirada fascinante.
Para Anika Ortiz y compañía
Seguiremos viviendo
en las gotas de lluvia
que provocan ondas
sobre los estanques
y los mares;
hablarán por nosotros,
los humanos,
cuando hayamos desaparecido.
Contemplaremos el universo
a través de los ojos
de las gaviotas,
de los ratones,
de las serpientes.
Sentiremos la tormenta
y los rayos del sol
verdadero
cuando seamos plantas
eternas.
Todo, todo, todo permanecerá
y nosotros en esa
infinitud vital.




Permite a tus lágrimas 
salir rodando
por tus mejillas.
Solo así
el agua negra de tu pecho
verá la luz del día,
regresará a su
natural pureza.

Cada día más cerca
del silencio,
del poder de las miradas,
de un gesto animal,
de los sonidos
primitivos.
Cada instante
más alejada del ruido,
de las palabras triviales,
de chantajes emocionales,
de trampas mentales.