sábado, 28 de marzo de 2015

Vida

Está bien. La primavera ha llegado. Todos los árboles se visten de brotes recién estrenados, las abejas no paran de dar vueltas, los mirlos cantan y cantan y cantan... Pero ¿qué pasa dentro de mí? estoy escuchando la música a través de mis ojos y el sonido se transforma en luces brillantes dentro y fuera de mí misma. Si soy un árbol, mis brotes verdes son estrellas brillantes que viven dos segundos y explotan hacia fuera, pero nadie parece darse cuenta de los cambios que experimento 
Siento dolor en el pecho y lloro con todas mis fuerzas. Ahora se me escapan las estrellas en forma de lágrimas que ruedan por mis mejillas y mojan mi ropa, desapareciendo. Se trata de eso, de brotar y morir. Para la vida del agua salada que cae desde mis ojos, su existencia es válida, larga, suficiente, y para nosotros es tan rápida y casi trivial... ¿Eso es lo que somos? ¿Algo trivial y poco duradero, que no sabe que otros le observan?
Es inevitable ese instinto de supervivencia centrado en el vientre , que quema las entrañas y cualquier atisbo de razón, y te obliga a pensar en renacer en el cuerpo de una vida dentro de ti. ¿Y no será un deseo de renacer sin materializar la carne pero sí esa parte del espíritu que no muere?
Siento cada uno de mis glóbulos rojos renaciendo, haciendo ruido dentro de mis venas. Los oigo, y veo la vida en una pantalla, dentro y fuera. Todo está despierto: cada nota de música que impacta en mis tímpanos en este instante. Vida y muerte, vida y cambio, vida y transformación y vida y vida y vida y todo vida. Es todo vida. No termina nunca