miércoles, 30 de noviembre de 2016

   Dejar atrás el refugio produce tristeza, miedo ante lo desconocido, aunque éste sea deseado. El calor del hogar, la chimenea crepitando, los recuerdos implantados en cada pisada, las risas y las miradas perdidas viajando hacia proyectos sin estrenar.
   La cáscara se ha quedado pequeña, me aprieta cada vez más, me duele no salir al ilimitado mundo exterior. Podría quedarme. Sí, sin duda alguna. ¿Para qué salir si conozco mi cascarón? Me he hecho  a cada uno de sus rincones. Es confortable, no necesito más.
   ¡Mentira! ¿Te estás oyendo? Solo son excusas. Tú realmente ansías salir fuera, explorarlo todo, ponerte a prueba, descubrir vírgenes selvas. Quieres descubrirte a ti misma porque te quieres y mereces la felicidad del pájaro que vuela fuera de la jaula.
   La mente es asesina de sueños. Le da vueltas a todo, filtra a través de la lógica, del más puro raciocinio hasta agotarte y ser uno más, gris, triste, conformista. 
Déjame, mente. Ya te he dado demasiado protagonismo por hoy. Basta.
Sal, ave azul, a surcar los cielos, a quererte bajo el sol ardiente.
¡Sal!