sábado, 28 de enero de 2017

Madre 

Ha dejado de ser extraño decir en voz alta: “No, yo no quiero ser madre. No voy a serlo, al menos en esta vida”.
Mi cuerpo, hormonalmente, o llámalo como quieras, me ha mandado alguna veces fuertes señales naturales de lo que llaman “instinto maternal”. Sí, lo he sentido, me he planteado experimentar lo que se siente gestando una nueva vida, pero esas señales eran pasajeras y no me arrepiento de haber elegido el camino de no ser madre.
Sí, mi cuerpo y mi mente y mis emociones funcionan de una manera normal (vamos a llamarlo así). Sí, hay niños que me encantan, les caigo bien porque me es fácil meterme en su mundo, y a mí me gustan porque son eso, niños; será que aún no he perdido esa parte de inocencia, no lo sé. Puedo babear mirando a un bebé, aunque confieso que babeo muchísimo más si miro a un cachorro de otra especie. Me gusta el olor de los bebés, su suavidad y esos ojos que quieren verlo todo y se sienten fascinados por cualquier cosa nueva.
Pero no voy a ser madre. Me falta tiempo para hacer todo lo que quiero hacer, para ser aquello que soy. Y, sin embargo, me considero madre de mis animales y hablo de manada en lugar de familia.
A veces pienso que esa energía maternal que no se expresará con una persona gestada por mí no se pierde, sino que toma otros caminos.
Se habla de que hay que experimentar lo que es ser madre para poder hablar de ello, muchas veces con una especie de superioridad separarista, quizá con necesidad de alimentar el ego. No lo sé. Supongo que otras veces se dice esa típica frase porque no hay palabras para explicar la maravilla que es serlo.
Una amiga me dijo una vez que sé lo que es amar porque mis animales son como mis hijos. Me quedé sorprendida y le di la razón. Por primera vez alguien se atrevía a decirme eso. No hablo de esa locura de comprar ropa a los perros, de llevarlos a un SPA o darles la comida en la mesa con un babero puesto, de humanizarlos; hablo de que te dan la vida ellos a ti, de que te da igual no ir a sitios donde ellos no puedan entrar, de que si los ves sufrir se te cae el mundo encima y de que haces lo que sea por adaptarte a ellos.
En fin, no voy a ser madre porque elijo no serlo, y me encanta conocer a personas que han sido madres porque también lo han elegido y lo viven como algo maravilloso, y las que no lo han elegido pero igualmente dicen que es lo mejor que les ha pasado.

Por cierto, eso del instinto maternal también lo sienten muchos hombres, heteros y homos (me hacen gracia esas etiquetas), que no quiero excluir a nadie.
Lo mejor que me pasa a mí es poder elegir con libertad, y que nadie me diga que no soy una mujer completa hasta que haya sido madre.

miércoles, 25 de enero de 2017

¿Miedo de qué?
De decantarse por la opción que llamamos incorrecta,
de confiar en la vida.
Miedo de que nos vean, de sentirnos vulnerables.
Miedo de no llevar dinero en el bolsillo cada día.
Miedo de no creer en la idea de Eternidad.
Miedo de decepcionar a los que nos quieren,
que si nos quieren, ¿por qué se decepcionan?
Miedo de vivir, de amar, de revolcarse en un campo mojado.
Miedo de pasar frío o demasiado calor.
Miedo a hablar demasiado o a decir muy poco.
Miedo a la cadena cuyos eslabones son cada uno de los miedos