jueves, 27 de abril de 2017


No te hagas caso

cuando pierdas la esperanza.
No te creas a ti mismo
cuando pienses que han ganado;
no es cierto.
En realidad,
no hay nada que perder
ni temer.
Todo es un juego
y, por una vez,
tu estrategia no asoma,
transparente,
a la vista del contrincante.
Cuando tu Ser
no tiene miedo
ERES INVENCIBLE.
Los cambios asustan. Tambalean nuestro interior y el entorno que nos rodea. A veces sorprende cómo reacciona la parte externa, como cuando lanzas una piedra a un estanque y se dibujan ondas en el agua: nunca sabes cuánto durará el movimiento ni qué orillas tocará la suave ola.
Esas consecuencias causan que más de uno se piense si merece la pena el cambio, el reto. 
Sí, merece la pena, por uno mismo. 
Es el aleteo de la mariposa que turba a seres del otro lado del mundo. Unos lucharán contra el efecto, otros se mostrarán de acuerdo y fluirán con él. Unos seguirán en un camino visible desde el tuyo, otros simplemente desaparecerán, porque nada es eterno, porque merece la pena seguir creciendo.
Quizá el obstáculo
sea
creer que eres tu enfado,
tu miedo,
tu emoción,
las palabras que salieron
en el peor momento.

Quizá el reto sea
mirar dentro de ti,
sin filtros,
sin ideas externas;
apartar imágenes
alienadas.

Quizá la verdad surja
cuando podamos dejar a un lado
cualquier piedra
no identificada con 
el AMOR.

Quizá solo se trate de eso...
No, no hay tiempo.
No tenemos un saco
de tiempo, 
solo un bolsillo
de presente.
Querer, necesitar.
Quiero ver el sol.
Necesito sentir su calor.

Quiero sentir mi corazón.
Necesito encontrarme con mi Ser.

Quiero que me ames.
Necesito conocerme,
necesito respirar,
necesito recorrer mi camino.

Quiero muchas cosas.
Solo necesito vivir.

Tras un par de besos 
supe
que me encantas.
Fue como tener
el mejor orgasmo
saboreando un plato
de nueva cocina.
Toda la lengua 
viva
en oleadas.
Y en mi garganta
tu sabor
para siempre.

Cómete mi corazón.
Sí, con ganas,
y bébete mis pensamientos,
mis auténticas palabras.
Lo otro ya vendrá
después
porque toca que me toques
y me quieras,
y que beses mi distancia
y acaricies 
mi envoltorio
suavemente.
Pero antes, 
saborea lo que soy,
aquello que no muere
y vives
sin aún conocerme.
La piel...
eso ya llegará
después.
Tantas mágicas aves
parten
de labios fundidos
que suspiran,
se tocan,
queman,
que sin dejar de besarse,
comerse,
mostrarse,
pronuncian palabras...

No pares;
nos miran;
me gustas;
me encantas;
no digas adiós
que amanecerá también
mañana.

Ven aquí;
deja que te muerda
esa sonrisa,
no cierres los ojos,
no mueras todavía.

Y tu, ¿de qué te ríes
si ya vendiste tu alma?
Por unas cuantas monedas,
por una falsa mirada,
por la miseria en tus labios
que hablando, no dicen nada.
¿De qué hablas, ingrato,
si ni tu entiendes ya nada?
Que ya robaste a la Tierra
la sangre que vida te daba, 
 el cielo que te ilumina,
montañas que te acunaban.
Deja ya de respirar
el aire de sus gargantas;
haz mutis con dignidad
antes de que te trague 
la Nada.
Me arde la piel
marcando el dibujo
que hablaba de ti.
Él quiso cambiar
de color,
de sabor,
de sustancia,
de Ser...
Tu tormenta tan solo
ayudó
a borrar 
su profundo significado.
Tu solo cavaste
su tumba.

Y ahora renace,
fresco,
nuevo,
bendito,
amnésico de ti,
olvidada su 
raíz,
estirando su vida
en ramas
hacia el sol.

Sin ti,
sin ti.

Allí donde vaya
tendré buena suerte
porque la vida fluye,
porque mi Ser me guía,
porque el amor 
me abraza
y las palabras
me acompañan
Si, te utilicé para crecer. Así, tal como suena
No fuiste amigo, ni cómplice; tan solo fuiste un diario viviente que me ayudó a organizar mis ideas, a priorizar emociones, para conocerme a mí misma.
No digo que no me gustaran nuestras conversaciones, eso no. Las disfruté, siempre en la distancia, a través de un teclado, imaginando tus gestos.
Pero fuiste una herramienta, como un espejo que iba reflejando mi vida y me permitía analizar cada uno de sus aspectos.
Parece egoísta, ¿verdad? Tranquilo, no lo es. No soy una máquina, soy humana, aunque a veces no nos vendría mal disponer de un botoncito ON/OFF.
Y yo fui creciendo y tu fuiste encerrándote, descartando todo aquello que no era coherente con tu utopía vital deseada. Y, al final, cuando todo se está derrumbando en la realidad que te rodea, yo sigo entera mientras tu te haces pedazos.
Ya ninguno de nosotros puede escuchar al otro, ni ayudarle a crecer ni permanecer leyendo lo que aparece en la pantalla del ordenador, porque tanta cercanía aparente nos ha empujado a planetas opuestos.
Espero que tengas suerte y, sobre todo, de corazón, espero que seas honesto contigo mismo.
Necesitamos hacer un alto en el camino.
Suena tan obvio como decir que necesitamos agua para no morir pero igual que existen personas que admiten no beber agua porque no les gusta, las hay que no paran nunca, que no se conceden tiempo, cuyas mentes dejan que se cuele de vez en cuando un pensamiento nacido de nuestra verdadera esencia, un pajarillo blanco al que vemos pasar por delante con sorpresa, como si fuera una alucinación.
Esa visión es la magia que olvidamos cuando el monstruo del estrés, del vivir por vivir, de hacer lo que los demás esperan de nosotros, guian nuestras vidas.
Y todo por permitir que otros nos lleven.
Y todo por no tener el valor de dejar que la vida nos viva.

Siempre en equilibrio
entre el mundo conocido,
lo que se avecina
y lo antaño vivido.
Entre la bondad,
el demonio interno
y la coherencia
con uno mismo.
Siempre de un lado a otro 
con la casa a cuestas
pero soltando equipaje
como un funambulista.
Cada instante más liviana,
cada día más completa,
cada noche más anciana.
Se paran las imágenes
alrededor;
sientes que la vida
está corriendo,
que se te escapa entre 
los dedos
la arena del tiempo.
Cuál será el sentido,
dónde está la meta,
¿quién nos salvará
de la nada?
Querida calma,
méceme en tu cuna.